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lunes, 15 de agosto de 2016

Un Paseo por Monteferro

Con este verano tan sensacional que estamos teniendo (pocos años ha habido tan buena temperatura durante tantos días) se ha podido disfrutar de la playa bien a gusto. Incluso los que necesitamos pensarnoslo mucho hasta vencer la pereza del primer chapuzón, hemos mojado el bañador dos veces cada día como mínimo.
    Sin embargo, el último domingo de Julio me apetecía cambiar de plan y, dejando el libro y la sombrilla en el coche, me colgué los prismáticos del cuello y me dirigí a la última playita por el lado izquierdo de Patos, la playa de Abra, desde donde pensaba que podría adentrarme en Monteferro.
    En plena temporada veraniega no es buena idea meterse en una playa con los prismáticos en ristre. Más de una movida he tenido ya por esto. La gente es muy dada a pensar mal.
    Una vez, en Girona, en Platja d’Aro, cerca de Palamós, quise aprovechar para hacer una ruta modesta que partiendo de la playa remontaba la costa. La vuelta era por una pequeña sierra litoral que, con su mayor altura, permitía disfrutar la perspectiva completa de la zona.
    Fui solo. Como me sucede habitualmente, mi familia se quedó disfrutando de la playa. Con mis irrenunciables prismáticos siempre al alcance de las manos, estaba dispuesto a no perderme ni un solo bicho de los que la suerte me plantara delante.
    Siguiendo sin más el camino, me encontré en una playa, nudista por más señas. Os podéis imaginar el bochorno. Aceleré por abreviar lo más posible aquel momento incómodo, aunque desde luego la situación era más digna de tomársela a risa que de otra cosa. Nadie me dijo nada, pero estoy seguro de que los practicantes del naturismo playero se quedaron tan aliviados como yo cuando por fin dejé atrás aquella hermosa cala.

    Contrariamente a lo que yo pensaba no había acceso fácil desde la playa de Abra a Monteferro. Me tocó dar marcha atrás un par de veces antes de conseguir meterme en el monte.
Entretanto conseguí hacer un par de observaciones curiosas. Primero un grupo de diecinueve golondrinas comunes,
adultos y jóvenes, que contemplaban el mar desde los cables del tendido telefónico. Una imagen típica, que todos hemos visto representada alguna vez, pero que sin embargo ya no es tan frecuente encontrarse en la vida real.
    Poco después, un juvenil de ratonero común


—una de las aves rapaces más comunes de Europa— salía por detrás de un chalet. Llamó un par de veces, con su voz que tiene más de gato que de ave,  mientras daba vueltas sin saber qué dirección tomar, hasta que se le unió un hermano —supuse yo—  y ambos se alejaron en busca de sus padres hacia unos árboles más arriba.
    Esto de echarme los prismáticos al hombro y regalarme un garbeo en plena naturaleza es algo que vengo haciendo desde hace muchos años, solo o acompañado de otros naturalistas entusiastas como yo. De un tiempo a esta parte sin embargo, lo más habitual es verme solo, como hoy, buscando senderos, pistas forestales, caminos en fin que me brinden el mayor número posible de observaciones de fauna y/o de paisajes bonitos sin más.
    Pronto dejé atrás la parte urbanizada y empecé a caminar por un sendero que cada vez se cerraba más de vegetación y que poco a poco iba bajando.
    Inesperadamente me encontré en una cala rocosa, la viva imagen de la tranquilidad. No había nadie, aunque tampoco era un sitio cómodo para bañarse. Acababa en un desnivel brusco sobre el mar, y de frente, una roca que por su forma peculiar parecía una réplica en miniatura de una catedral gótica, llena de ángulos y realmente hermosa. De remate, la increíble vista del horizonte, a caballo entre las islas Cíes a la izquierda y Cabo Home a la derecha.
    Continué mi camino, internándome de nuevo entre los árboles, y al poco, algunas plumas que a punto estuve de pisar me llamaron la atención. No es raro encontrar desplumaderos en zonas arboladas como esta de Monteferro. La abundante vegetación ofrece refugio y discreción, justo lo que el azor,
o el gavilán,
necesitan para desplumar la recién capturada presa, antes de ofrecerla a sus pollos en el nido, o de merendársela allí directamente si no están en plena reproducción.
    Pero no siempre son las aves rapaces las autoras del desplume. Zorros,
ginetas,
garduñas,
a lo mejor alguna comadreja,
o el invasor visón americano,
son ávidos cazadores de todo lo que se les ponga al alcance y por supuesto aprovecharán la ocasión, cuando les surja, de hacerse con un pájaro.
    Las plumas que ahora tenía en las manos, entre beige sucio y gris, podrían ser de tórtola turca.
En seguida les miré el cañón, la parte que se aloja bajo la piel del pájaro. Estaban rotos y arrancados, señal inequívoca de que lo habían sido por un mamífero. Las arrancan a mordiscos. No debe ser muy agradable comerse la presa con plumas, con las cosquillas que harán al ir bajando por la garganta.
    A diferencia de los mamíferos, las aves rapaces arrancan las plumas enteras, sujetándolas con el pico y tirando de ellas hacia afuera. En el cañón de la pluma queda la marca, en “V”, del pico que la pinzó.
    Después de avanzar entre helechos durante un buen rato, me di cuenta de que aquel camino no me llevaba a donde yo quería ir. Volvía a estar al borde del agua, a apenas dos metros sobre las rocas. Preferí volver sobre mis pasos y tirar por un camino de cabras que subía entre unos árboles y parecía seguir, más adelante, en la dirección que a mi me interesaba.
    Lo que captó mi atención esta vez fue el reclamo alegre de un grupo de páridos. Si carboneros
o herrerillos
no lo sé por que no llegué a verlos.
    Después de un intenso esfuerzo —ya dije que era pendiente y muy estrecho—  el camino me llevó por fin a una pista ancha y despejada que enseguida reconocí. Un par de curvas y de inmediato empecé a bajar la pendiente que lleva a la pequeña ensenada, la de las rocas afiladas como cuchillas donde supuestamente trajeron a hundir el barco de Xusto Castelo, personaje de la novela de Domingo Villar, “A praia dos Afogados”.
    En esa bajada, en una de las primeras ramas de un árbol, y posado después en un tojo ladera abajo, vi hace unos años un cuco,
y en él venía pensando ahora. Lo busco inútilmente y, con suerte, localizo un macho de jilguero
en lo alto del árbol.
    Continúo hasta tener ante mi, a media distancia, las rocas en cuyo extremo se alza el pequeño faro de Punta de Meda. Hace años pasé varios días aquí observando una pequeña colonia de vencejos reales.
Hoy no veo ninguno sin embargo.
    Recorriendo a ojo desnudo la parte más alta de estas rocas llama mi atención una silueta peculiar. Enseguida descarto que vuelva a ser el colirrojo tizón
que he visto ya dos o tres veces en diferentes sitios desde que entré en la pista. No, este es más grande y voluminoso. Con ayuda de los prismáticos descubro que se trata de un roquero solitario,
observación que me ilusiona especialmente ya que hace más de quince años que no veía uno, y nunca tan cerca de casa.
    Una gaviota patiamarilla
que le vuela por encima a poca altura es suficiente para ahuyentarle. Aprovecho para acercarme más con la ilusión de que vuelva a dejarse ver una vez se aleje la gaviota. Me disimulo como puedo detrás de un poste —una baliza del sendero que sube a las antiguas baterias de costa, hace mucho tiempo abandonadas.
    Cansado de esperar, y un poco aburrido del monótono paso de las patiamarillas sobre mi cabeza, me decido a emprender la ascensión de este empinado sendero hacia las baterías. Al cabo de apenas unos pocos pasos veo aparecer de nuevo al roquero que esta vez se posa en una roca aislada entre los tojos, a unos cincuenta metros a la derecha del sendero que ahora sigo, en plena pendiente.
    Le observo un rato con los prismáticos pero no estoy a gusto, y sigo subiendo, intentando alcanzar un punto más alto que me de más ventaja y mejor luz sobre el pájaro. Desgraciadamente se va. Por fin encuentro el sitio ideal desde el que observar a placer la roca que le sirvió de percha. Me instalo cómodamente, pero ya no lo volveré a ver.
    Sí veo más gaviotas —que nunca faltan— y allí a lo lejos, en el mar, contra el horizonte, me llama la atención una concentración exagerada de ellas, la mayoría posadas en el agua, otras muchas volando arriba y abajo. Hay también, en medio de todas ellas, un barco de pequeñas dimensiones, faenando a lo que sea —la verdad, no tengo ni idea— aunque claramente no es el barco lo que atrae allí a tanta gaviota. Bajo el agua debe haber algo realmente importante.
    Pasa el tiempo y no se me hace pesado. Sentado en una piedra, a la misma altura que los matorrales que me rodean, tojo, sobre todo, observando el trasiego de gaviotas sobre la pendiente, de izquierda a derecha, de sur a norte, y el menos intenso de varios barcos, me voy dejando ganar por el poder enormemente seductor del medio natural.
    Qué poco cuesta sentirse a gusto viéndose rodeado de estímulos tan poderosos, que ayudan a recuperar el vínculo innato con el medio al que pertenecemos. Somos de la naturaleza, y solo en ella nos sentimos a gusto.
    Nuestro problema es que el estilo de vida del mundo occidental de los ultimos siglos se ha decantado por un alejamiento absurdo del medio natural. Y nuestro ser, la perfecta union de materia y espíritu que sin duda somos, no está cómodo en ese alejamiento. Y lo pagamos con estrés.
    Solo la recuperación de ese vínculo nos devuelve, aunque sea temporalmente, la paz, esa relajación y buen humor que automáticamente sentimos al aire libre, en medio de un bosque auténtico, descalzos en una playa, vacía, a poder ser.
    Y no es solo la contemplación de espacios naturales auténticos y bellos. La observación de otras formas de vida, de otras especies, en un contexto real, ayuda a reconstruir esa imagen ancestral, el recuerdo del paraíso perdido, desde siempre alojado en nuestra memoria de especie.
    Aunque aquí sigo sentado despreocupadamente, mi rango de movimientos es bastante discreto y posiblemente me estoy volviendo invisible. Es la única manera en que consigo explicarme lo que me está pasando. Desde hace un rato oigo un poco por detrás de mi un reclamo, seco, duro e insistente.
    Me giro lentamente, intentando ver algo entre los tojos. No me resulta difícil localizarlo. Casi lo tengo encima. Es un chochín,
uno de los pájaros más pequeños que tenemos en nuestra parte del mundo, apenas diez centímetros.
    No me sorprende que sea él. Algunos vi cuando subía por la pendiente, concentrado en el roquero solitario que no volvió. Me hace ilusión tenerlo tan cerca. Mi insistencia en mirarle, girado como estoy, parece conmoverle. Levanta el vuelo, rebasándome en un momento. Ahora lo tengo posado justo delante de mi. Muy cerca. Y sigue reclamando. Es realmente bonito. Él, allí, tan pequeño y tan atrevido, apenas a dos palmos de mi, llamándome de todo.
    No me puedo resistir y echo mano de mi móvil. Aunque la calidad fotográfica deja bastante que desear quiero inmortalizar este momento mágico.
    ¡Oh! Al moverme le he asustado y se va. Pero… espera. Estoy de suerte. Apenas se ha alejado un metro. Preparo la cámara, apuro el zoom y hago un pequeño video.


Un Chochín en Punta Meda from Jaime Sáiz on Vimeo.
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Las imágenes de las aves que he utilizado proceden de la web de la Sociedad Española de Ornitología. Son propiedad de Juan Varela, y forman parte de su guía "Aves de España", cuya adquisición recomiendo a todo el que quiera profundizar en el conocimiento de nuestras aves.

18 comentarios:

  1. El blog de modesto nadaa y además seguro que te dan licencia de apertura para mintar un zoológico Jejeje Enhorabuenaaa

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  2. Espero la siguiente entrada tocayo. No podía imaginarme que tenemos tantas especies diferentes al lado de casa.

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    1. Esa es mi tesis, Jaime. Difícil saber lo que tenemos al lado de casa si no salimos a mirar.
      Un abrazo.

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  3. Wow Jaime! Did you really see so many different birds on one walk? I can see that you wrote this on Marcos's birthday which he will be pleased about! Give our regards to Marina and Jaimiño and we hope you'll be able to make the most of the great weather at least until you have to go back to work!

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    1. Thank you Yvonne. Yes, I did see that many birds on just one walk. That's one of the messages I'm trying to send here, that actually the wildlife we can enjoy just by walking out of our door is both numerous and diverse enough to encourage even the laziest person to give their telly a rest.

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  4. Enhorabuena Jaime, por tu blog.
    Cada granito de arena es indispensable para levantar montañas... y mil ojos ven mejor que dos.

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  5. Gracias Pierino. Me hace mucha ilusión contar contigo entre mis visitantes. Yo te sigo habitualmente, aunque nunca te he dejado un comentario. De costa a costa, gracias

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  6. Querido Jaime:
    Mil felicidades por esa ventana que has abierto para que, a través de tus expertos ojos, podamos disfrutar de esos maravillosos seres que pueblan nuestro cielo.

    SIgue, por favor, vigilando el cielo para que a través de tu mirada de amante contemplador de las aves admirables que los profanos no vemos gocemos contigo de tan hermoso regalo.
    Un abrazo de
    José

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  7. Amigo Jaime, gracias por este virtual paseo, ha sido un verdadero placer poder disfrutar con las imágenes y tus valiosas menciones. También ha sido mi particular "ensayo sobre la ceguera" porque he paseado realmente por ahí, o sus aledaños, y he acertado a ver poco más que gaviotas. Sin duda seguiré acompañándote en sucesivos paseos que imagino igual de placenteros que este de Monteferro.
    ¡Ah, si decides "ir a paseo" por Barra, ten en cuenta los prismáticos!
    Un fuerte abrazo de este "entusiasta naturalista" y futuro seguidor de tu blog para disfrutar de todo lo que vean tus ojos a través de los inseparables prismáticos. Gracias.

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    1. Gracias José. Tan encendidos elogios de un experto bloguero como tu, con tantos kms. en la mochila, son realmente como para encender al más tibio.
      Esta de las ondas cibernéticas es otra ruta que me encanta compartir contigo. A ver si pronto volvemos a caminar juntos.
      Un abrazo.

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  8. Os meus parabéns polo feliz nascimento da "criatura" Jaime. E precisamente nun momento en que moitos blogues de Natureza diminuiron a súa actividade ou mesmo desapareceron, fagocitados pola ansia da inmediatez que se impón nas redes sociais e no uso moderno da comunicación.

    Ademáis vexo, leo, que tes gosto pola palabra, algo moi de agradecer nos tempos que corren.

    Os meus mellores desexos para "Vámonos a paseo", un blogue que transmite moi boas vibracións a este que escrebe e que ben merece un enlace desde o meu blogue.

    Un saúdo.

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    1. Moitas grazas, Xabi. Acepto os teus eloxios como estímulo para contribuir o mellor que saiba a manter o noso, este meio natural tan ameazado, o mais a salvo posible.
      Imos logo.
      Unha aperta.

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  9. Cuánto aprendí con esta lectura, hace una semana que estuvimos de paseo por ahí, pero...Todos los elogios son merecidos. Un abrazo, Oscar

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  10. Cuánta diversidad en un solo paseo. Es cierto lo que dices, cuesta muy poco sentirse a gusto en la naturaleza... y veo necesario ese regreso a lo natural, que nos hace más humanos. Hay que luchar entonces contra este modo de vida que nos enloquece y nos aleja del entorno. A ver si un día planeamos un paseillo de esos y así aprendo más de las aves del hemisferio norte.
    Felicidades por el blog, ya tardabas!

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  11. Pues nada Jaime mi enhorabuena tambien y agradecida estoy porque compartas conmigo...ahora me fijaré más en los pajarillos cuando salga de senderismo..y de paso aprendo sus nombres...aunque de momento al que veo mucho es al mirlo que le encanta los higos de una higuera que tenemos en la finca...jejeje

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